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Aquí dentro guardamos el regalo de Casa TOVI. Se abre solo cuando resuelves los cuatro acertijos de la gincana… así que ya sabes por dónde seguir.

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has abierto todos los candados

Bienvenido/a a la zona oculta

Enhorabuena: has llegado a un rincón de esta casa que casi nadie ve. Lo hemos preparado como se prepara un regalo, con calma y con cariño. Aquí dentro hay tres cosas que nos hacía mucha ilusión compartir contigo: la Murcia de hace más de un siglo, un poema precioso que un poeta escribió a esta tierra, y los cuadros de la casa tal y como salieron del pincel. Ponte cómodo/a: esto se disfruta despacio.

  • Murcia hace un siglo
  • El poema de Zorrilla
  • Los cuadros en alta definición
  • Gracias

primer regalo

La Murcia de hace un siglo

Estas son las mismas calles por las que vas a pasear estos días, fotografiadas y grabadas hace más de cien años. La Catedral ya estaba ahí, y el Puente Viejo, y la huerta. Cambian los coches, la ropa y las prisas; el sitio, en el fondo, sigue siendo el mismo. Míralas con calma y luego sal a buscarlas.

  • La Catedral, 1900
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  • Interior de la Catedral, 1889
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  • El Puente Viejo, grabado de 1902
    El Puente Viejograbado de 1902Descargar
  • El Ayuntamiento, 1920
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  • La Casa Celdrán, finales del s. XIX
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  • Huertana de Murcia, finales del s. XIX
    Huertana de Murciafinales del s. XIXDescargar

segundo regalo

De Murcia al cielo

José Zorrilla · 1888

Este poema de José Zorrilla publicado en 1888 es de gran importancia por muchas razones. Pero para lo que nos ocupa aquí, que es conocer la ciudad de Murcia, lo destacamos en Casa TOVI porque es un valioso documento histórico y cultural sobre Murcia:

El poema no es solo un conjunto de versos, sino también un retrato de la Murcia de finales del siglo XIX y un testimonio de las relaciones del poeta con la sociedad murciana de su tiempo.

Describe sus paisajes, su gente y sus tradiciones, con un enfoque idealizado y romántico, y refleja el profundo agradecimiento de Zorrilla hacia sus amigos y anfitriones en la región.

Lo tienes entero aquí abajo, tal y como se publicó. Puedes leerlo de un tirón o ir por partes: no tiene prisa, lleva esperándote desde 1888.

Ir a una parte

DedicatoriaEn Murcia · IEn Murcia · IIEn Murcia · IIIEn Murcia · IVEn el cielo · IEn el cielo · IIEn el cielo · IIIEn el cielo · IVEn el cielo · VEn el cielo · VI

Dedicatoria

A los señores Marqués de Villalba le los Llanos, conde de Roche, don Ricardo Sánchez Madrigal y don Antonio de Sandoval.

Mis queridos amigos: Al recibir este librejo que os dedico, puede que se os ocurra que es una parodia profana de la santa parábola de los peces y los panes, puesto que pretendo satisfacer a tantos con tan pocos versos: pero os suplico que tengáis presente que esta leyenda, cuento, poema o como queráis llamarlo, siendo obra de un poeta que ha contado ya sus setenta y un inviernos, es una de las últimas llamaradas de la lamparilla de su ingenio que chisporrotea para apagarse; uno de los últimos suspiros de su cuerpo que va a volverse a la tierra, y una de las postreras aspiraciones de su alma, que va a volverse a Dios.

Debían ir con los vuestros en esta dedicatoria los nombres de mis buenos parientes los Revengas y el del alegre Nicolás Acero, mi hospedador. Pero a aquéllos, que tienen la sangre de mi madre y que saben que por ella llevo sus nombres esculpidos en mi memoria y su cariño infiltrado ne mi corazón, no necesito darles públicas pruebas de amistad, ni al público le interesarían mis alardes públicos del cariño que sólo recibe calor en el hogar doméstico y en la intimidad de la familia; y a Nicolás Acero le guardo su sitio en uno de los rincones de Valladolid de MI ÚLTIMA BREGA; en el de la casa en que nací, de la cual es hoy propietario.

Decídselo así a Nicolás, si por ahí dais con él, que por ahí debe de andar; y repetídselo a los Revengas, que en Murcia habitan.

Enviad este librejo a Orihuela, donde la lluvia nos dejó apenas vernos las caras, y a Mula, donde no pude in a enseñar la mía, por la premura del tiempo, por enojosos negocios y por achaques en mi edad inevitables.

Haced presentes mis recuerdos al Prelado, que tan benevolamente escuchó mis salmodias; al Municipio y a los Institutos, que me honraron con sus invitaciones y obsequios, y haced leer a las murcianas de la ciudad y de la huerta los versos que a ellas y a vosotros os dedica, cumpliendo un deber de gratitud, vuestro viejo poeta que os quiere,

José Zorrilla.

Madrid, mayo 20 de 1888.

En Murcia

I

De piedra un albo Santuario, del que hizo la devoción un valioso relicario con un annuo aniversario de anual peregrinación,

de un verde monte en la loma que de azahar exhala aroma y tiene a Murcia a sus pies, blanquea como paloma anidada en un ciprés.

Aquel monte es un tesoro de fe y de vegetación desde los tiempos del moro; rebosa el Santuario en oro y el monte es de oro un montón.

El monte es de tradiciones poéticas un arcano: dos razas, dos religiones las sembraron a montones bajo él con sangrienta mano.

Siete siglos de pelea costó encender a las dos, del incendio con la tea, el faro que hoy centellea sobre él con la Cruz de Dios.

Huyó la grey musulmana allende el mar; campa sola ya en Murcia la Cruz cristiana, y allí hace hoy la fe murciana su romería española.

Original romería de aquella tierra del sol, de la fe y de la alegría: de un pueblo de esos que cría no más el suelo español.

Pueblo típico y genuino de la España recobrada del Tetuani y Tunecino, que aún mezcla al ritual divino los lelís de uan algarada.

Pueblo ardiente de huertanos, que, aun con trajes y usos moros, dan a los ritos cristianos remates mahometanos de fuegos, zambras y toros

Vencedor establecido en el hogar del vencido, aún vive sobre su pista, a lo ganado adherido por él en su reconquista.

Vive católico y muere con católicas exequias; mas siembra, riega e ingiere cual moro, de quien prefiere usos, aperos y acequias.

Y no se deshonra en eso, ni se atasca en el progreso; a su conquista se apega, y el carácter guarda ileso de su hogar y de su vega.

Pueblo sobrio, sano y fuerte aunque entre flores se cría, mientras vive se divierte; sin miedo espera a la muerte y en Dios al morir se fía.

Tierra y gentes son aquellas de tan bravos caracteres, que en ella son, ellos y ellas, los hombres como centellas, como estrellas las mujeres.

Pueblo es aquél a quien debo últimas horas tan gratas, que aún me creí allí mancebo; y aún en mis oídos llevo su aplauso y sus serenatas.

Por mí en su amistad extrema y extrema galantería hay de un buen libro un buen tema; mas ya labrar no podría de gratitud tal poema.

De mi rápido camino por país tan peregrino, no puede al pueblo murciano dar ya más mi ingenio cano que este recuerdo mezquino.

II

Volvamos al monte aquél y al tiempo tradicional, en que en manos del infiel, aún no blanqueaba sobre él el rico Santuario actual.

Dejemos para otro día y para otra poesía más realista y más cristiana, la alegre fiesta murciana, que va al monte en romería;

y volvamos mente y ojos al tiempo ya inmemorial de cuentos, sueños y antojos, que da hastío y causa enojos al filosofismo actual.

Y dejadme aquí ingerir, aunque a mí no me competa, lo que aquí voy a decir como ilógico poeta que divaga al discurrir:

y es: que España, a quien no inquieta de hoy el negro porvenir, que a la ley mal se sujeta, de cuya vida son meta holgar, cantar y reñir,

podrá su fe y poesía arrojar al albañal; mas dejadme que me ría de vuestra filosofía predicada a pueblo tal.

Aquí, en nuestra buena España, donde se duerme la siesta, donde se canta la caña, donde el trabajo molesta y es la vida una cucaña,

quien parece que medita, reflexiona o filosofa… sueña, está en Babia o dormita; que no es país de la estofa del de el griego Estagirita.

A este sol del mediodía se filosofa tan mal, que España tiene hoy en día en una guitarrería su piedra filosofal.

Y dejando también esto para mejor ocasión y sitio en que esté bien puesto, volvamos al curso y texto de mi rota narración.

Vamos, pues, al monte aquél a ver si damos por fin con la tradición que en él y de Murcia en el jardín, dejó tras sí el moro infiel.

III

Sinfonía, introducción o escena preparatoria de la árabe tradición, surge aquí la precisión de hacer un poco de historia.

..............................

Horas a caso después de la en que vió de través dar a su infausto destino con su gloria el Damasquino Khalifato Cordobés,

vió Murcia que la invadía, viniendo por Almería, de moros una caterva, que como el agua y la yerba se aglomeraba y crecía.

De aquel árabe aluvión jamás la fecha y la historia supimos con precisión: guardan de él turbia memoria poesía y tradición.

Mas Murcia fué siempre tierra muy bien mirada por Dios, y el germen del bien que encierra la ha llevado en paz y en guerra siempre de su bien en pos.

Se habla de un Emir dichoso, un Abú-Bekhr-al-Kaisí, que es el tal vez fabuloso Aarum-ar-Raschil famoso de las leyendas de allí:

y debió este Emir, sin duda, nacer con muy buena estrella; pues catástrofe tan ruda de él solo vino en ayuda, y él solo ganó con ella.

La Omíade dinastía cordobesa cayó en brazos de otra raza más bravía, y a robarla sus pedazos se echó toda Andalucía.

Abú-al-Kaisí con destreza sagaz, con tenaz firmeza y con audacia oportuna, supo atar a la fortuna de su hueste a la cabeza:

y se dió tan buenas trazas, que de toda Andalucía taifas, tribus, huestes, razas, a su corte y a sus plazas y a su sueldo se atraía.

Su Emirato, por mezquino, despreció y dejó en su mano el rey moro granadino; y sobre Murcia no vino, mientras él reinó, el cristiano.

Con diplomacia sagaz y constancia pertinaz, de su fértil territorio fué haciendo un pequeño emporio de los bienes de la paz

Pronto acudieron terrenos a demandar al Emir cuantos labradores buenos y tratantes agarenos ansiaban en paz vivir;

y al vago, y al tornadizo, y al levantisco alistando en su pendón fronterizo, de su turbulento bando se aprovechó y se deshizo.

Poblóse Murcia de gente honrada e inteligente, útil, laboriosa y buena; y un alba de paz serena despuntó en un nuevo oriente:

De la paz santos baluartes, surgieron en todas partes molinos, agricultura, comercio, escuelas…, la holgura del tráfico y de las artes.

Al pie de la fortaleza se levantó la mezquita; y un trabajo sin pereza trajo a Murcia la riqueza con la paz por Dios bendita.

Al Gualentín y al Segura sangrando o poniendo presas, vertió al-Kaisí en la llanura raudales de su agua pura por huertos, prados y dehesas.

Los montes, hoy tan pelados y de árboles tan escuetos, eran bosques enramados, que albergue y pasto en sus setos daban a caza y ganados;

y este Emir, genio del bien, de Murcia amparo y sostén, logró de Murcia, por fin, hacer primero un jardín y por último un edén.

Y el monte aquél, tras del cual vamos por este papel buscando aquel oriental relato tradicional que dejó el árabe en él,

era entonces ramillete de árboles, yerbas y flores, que exhaló, como un pebete de un hada en un gabinete, en la aura un millón de olores;

que aún hoy las brisas aspiran y sobre Murcia los tiran, y en su huerta los derraman cuando sobre Murcia giran y en ella los desparraman.

Tenía, y tiene, una grieta el monte aquél, una veta del terreno el más fecundo, que a ningún azar sujeta de los azares del mundo:

es una extensa cañada, copia del edén perdido; de los vientos abrigada, de la escarcha resguardada y de oropéndolas nido.

Allí se dan, coetáneos y a miles, flores y frutos disímiles y espontáneos: con los más suaves geráneos los nísperos más hirsutos:

cuyo polen y semillas conducen allí en sus picos las errantes avecillas, el insecto en sus alillas y el aire en sus abanicos.

Y aquella fértil cañada, que es de Murcia la portada, de quien su huerta es alfombra, y a quien da el monte la sombra del toldo de su enramada,

es canastillo de rosas, foco de restauradores y vivíficos vapores, fanal de las mariposas y nidal de ruiseñores;

en donde jamás entrada ni el mal ni el duelo han tenido; do adverso no llegó nada, ni aura de peste infestada ni de terremotos ruido.

Tal era el edén murciano cuando Abú-Bekhr-al Kaisí de él era Emir soberano; y ahí va de él en castellano lo que en árabe leí.

IV

Dice un rawí musulmán que Murcia es un tulipán con aroma de jazmín, que Dios regaló al sultán que su huerta hizo jardín;

que su huerta es un vergel que da en su tierra jugosa desde la palma al clavel, y una fruta más sabrosa y más dulce que la miel.

Murcia es un pomo de esencia, que guarda los mil aromas de toda la eflorescencia que hoy va buscando la ciencia por bosques, valles y lomas;

la flora y los vegetales, legumbres y cereales de más ricas producciones y substancias más vitales de las más ricas regiones.

Tierra en que todo se engendra, lábrenla mexuar o taifa; do se azucara y se acendra desde la cidra a la almendra, desde el higo a la azufaifa;

del sacro laurel del Pindo, hasta el naranjo de China; desde el Toresano guindo, hasta el agrio tamarindo de Egipto y de Palestina;

desde el nardo y la azucena hasta el balsámico aromo: de la rústica verbena y la humilde hierbabuena, de Alepo hasta el cinamomo.

Desde las al tacto esquivas mimosas y sensitivas, hasta el argentado pobo; desde el lustroso algarrobo, a las mates siemprevivas.

Desde el moral Bergamasco que da el fruto en sangre tinto, y el moscatel de Corinto, y el durazno de Damasco, de Siria hasta el terebinto.

Murcia, del sol favorita, que la baña en áurea luz, de Aláh y Jehová bendita, es una árabe mezquita crestonada por la Cruz.

Murcia es un kiosko florido, escondite de una hurí que huyó del Edén sin ruido; celeste alondra, que un nido descendió a labrarse allí.

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De Murcia un moro esto dice contando esta tradición, de la cual traducción hice: sin que de ella garantice ni verdad, ni traducción.

En el cielo

I

La leyenda del Rawí moro contada por el poeta cristiano

Un día de los mundos mirar la marcha quiso y ver si obedecía su ley la creación, y hasta las puertas de oro bajó del Paraíso el sumo Dios que extrajo del caos su embrión.

De la mansión edénica llegó hasta el peristilo; el ángel que en él vela su pabellón abrió, y de la etérea cumbre desde el confín tranquilo Aláh del universo la marcha examinó.

Lo que los hombres llaman vacío y firmamento, el aire azul que cielo para nosotros es; el infinito espacio, vivífico elemento de su millón de mundos, se desplegó a sus pies.

Las nebulosas, mundos de formación en vías, que un día serán soles tras larga evolución, las pálidas estrellas como la luna frías, que chispas y satélites de soles viejos son;

los rápidos cometas de inmensurables colas, asombro de los mundos a cuya vista va por leyes de equilibrio de Dios, que son las solas que actividad, impulso, tracción y luz les dan;

todo eso misterioso que permanece oscuro y que la ciencia humana comienza ya a entrever, todo eso que algún día debemos de seguro por nuestro ser divino sondar y comprender;

todo eso que se mueve, se cuaja y se deshace, que radia y cabrillea mientras girando va, todo eso que va y vuelve, que muere y que renace, se eclipsa y se ilumina, que libre o fijo está;

todo eso, mundo o átomo, que atraillado o suelto, lanzado o atraído por un poder central, por algo vive, y marcha, y rueda en algo envuelto que engendra o debilita su evolución vital;

todo eso que englobado se ve desde la tierra, todo eso que compone la sideral región, lo turbio y lo visible que el universo encierra, cuanto en conjunto forma lo que es la creación,

se presentó a la vista de Dios que quiso verla: Dios vió de una mirada que funcionaba bien, y se fijó en la tierra, que va como una perla en el collar de mundos en que engarzó el Edén.

Y aquella perla, negra por su hemisferio en sombra, y por el claro blanca porque refleja al sol, tenía un punto verde, que cual jirón de alfombra un trozo tapizaba de ámbito español.

Corría por entonces el fin de un mes de enero: la tierra iba aguantando borrasca general de nieve y de ciclones, y entre el impulso fiero del terremoto y de ella se gobernaba mal.

Como hoy la rodeaba de niebla y torbellino atmósfera que entolda su natural color: y aquel jirón tan verde, de brillo esmeraldino y emblema de esperanza, primaveral verdor

en medio de las nieves, tal vez un desatino de los de España indígenas le pareció al Señor; y contemplando al globo por su órbita el camino seguir, seguía atento y absorto el Criador.

El ángel que en silencio y en pie quedó guardando del peristilo de oro las gradas de marfil, su voluntad sumiso permaneció esperando, como Él viendo del mundo las maravillas mil.

De aquella gradería y ebúrnea escalinata, como alcatifa regia, tapiz de estrado real, espléndido arrancaba sobre molida plata pensil maravilloso de masa vegetal.

Todo era allí viviente sobre su blanco piso, los árboles, las plantas, la flor y el manantial; y el árbol que la tierra llamó del Paraíso llenaba aquel ambiente de aroma celestial.

Y en armonía todo y en su lugar preciso, era el pensil, conjunto de perfección cabal, el semillero místico do atesorar Dios quiso los gérmenes que nutren la vida universal.

Radiaban y exhalaban los árboles, las flores, la planta, el césped… todo, perfume y resplandor: miriadas de aves, silfos e insectos voladores, lumíneas mariposas y pájaros cantores, oreaban y mecían el árbol y la flor.

Y de este Edén externo, del otro abreviatura, que en comprensión no cabe de nuestra mente oscura, vestíbulo viviente de la Edenial mansión, cuidaba aquella hermosa celeste criatura que alzó ante Dios del pórtico del cielo el pabellón.

El ángel era un tipo sin par de criatura, prodigio de hermosura, modelo escultural; un ser cuyos contornos con apariencia humana, realza soberana belleza celestial.

Sobre su espalda pliéganse, ligeras como espuma, dos alas de alba pluma de trabazón sutil, que caen cual manto níveo, prestando a su apostura la gracia y la blancura del cisne más gentil.

Un nimbo su cabeza de luz corona y ciñe, cual la que el cielo tiñe de albor matutinal; y de su cuerpo y hálito se exhala y se desprende perfume que trasciende al ambar edenial.

..........................

El Criador y el ángel, cuya divina esencia ni necesita idioma, ni para hablarse voz, verificaron, obra de su alma inteligencia, de sus ideas mutuas la transmisión veloz.

...........................

—¿La tierra ves? —La veo, —¿Qué punto es aquel verde de España en un invierno tan crudo? —No lo sé: entre el vapor la línea de mi visual se pierde, Señor; mas si lo ordenas a averiguarlo iré. —¡Ve!—pensó Dios; y el ángel del ¡ve! de Dios sintiendo la fuerza y el mandato, que Dios no formuló con gesto ni palabra, su aliento recogiendo y echándose al vacío, sus alas desplegó.

El rayo y el telégrafo, de quienes ha sabido la rapidez y fuerzas el hombre avasallar, son términos inútiles de cálculo perdido para medir lo rápido del ángel al volar.

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Los mundos de los múltiples sistemas planetarios los unos embrionarios y en pobre evolución; los otros desbordantes de luz y fuerza viva, y ya en su edad de activa vital condensación; los viejos, que caducos se enfrían y se agotan, y en el vacío flotan con decadente acción; la luna, el sol, los soles de incógnitos planetas, y estrellas y cometas de nuestra azul región, le vieron un instante, de luz y aroma estela dejando por do vuela, pasar como un ciclón.

Vió Dios su forma móvil ir alba y luminosa, primero como cándida paloma vagarosa, después como una ingrávida y blanca mariposa, después como luciérnaga pequeña y revoltosa, que bulle entre los brotes del césped de un jardín, entrar en nuestra atmósfera, llegar al globo junto, tocar al verde punto del español confín, y en él, cual mancha de agua que se evapora y pierde, sobre su punto verde desvanecerse al fin.

........................

Dios, viendo que seguía su creación perfecta, en unidad correcta y funcionando bien, la ebúrnea gradería del áureo peristilo subió, y volvió tranquilo a entrar en el Edén.

Volvió todo con su hálito en el Edén dichoso, a entrar en el reposo y Dios a entrar en sí.

Allí no tiene el tiempo ni cuenta ni medida; mas hay, de aquella vida para contar aquí los plazos y las fases, que asimilar las frases de nuestro tosco idioma con las que se habla allí.

...........................

Las sombras comenzaban a oscurecer el día, y el ángel no volvía… Dios dijo: —¿Qué hará allí?

II

El mundo iba ya pronto de la nocturna niebla bajo los pliegues pardos en el dominio a entrar, y cuando vivo el hueco de lo infinito puebla entre las sombras iba muy pronto a reposar.

Aún daba a los mil mundos del infinito espacio reflejos de oro pálido la luz crepuscular; mas ya en sus tornasoles el ópalo y topacio con tintas se empezaban de cárdeno a manchar.

La tierra, trabajada por rachas de ciclones, diluvios y nevadas en un invierno cruel, rodaba entre brumosos plomizos nubarrones, mostrando sólo el claro del verde punto aquél.

Brotando de él (bien fuese llanura, valle o loma), como fugaz luciérnaga fosfórica y mayor a cada instante haciéndose…, primero cual paloma nevada, después águila…, surgió algo volador que del cometa el ímpetu y el derrotero toma, que avanza entre los astros con vuelo aterrador: que como chispa eléctrica tras uno y otro asoma, se esconde y aparecése dejando en su redor henchidas sus atmósferas de embriagador aroma, y en una estela trémula de vago resplandor, el pasmo y el asombro detrás de sí…, es el ángel que vuelve a Dios batiendo sus alas de condor.

Pasó rasando al héspero veloz y taciturno, porque volvía tarde de Dios ante la faz; cruzó, ciego, el anillo dorado de Saturno, saltó del aire el límite y se perdió fugaz.

Dios percibió su vuelo y comprendió su prisa, por más que él procuraba su ruido amortiguar; y Dios salió a encontrarle con paternal sonrisa, cuando llegaba el ángel en actitud sumisa en las ebúrneas gradas del pórtico a posar.

.........................................

Amaba Dios a su ángel, porque el Señor es bueno; ante Él sentía el ángel sonrojo y timidez; y aunque el Señor mostrábase con él de enojo ajeno, confuso estaba el ángel por la primera vez.

De Dios ante el espíritu permaneció confuso, que a Dios allí sentía, mas no veía a Dios; Dios, misericordioso, con Él y en sí le puso, y así, sin voz, hablaron en soledad los dos: —¿Qué era lo verde? —Murcia. —¿Por qué tardaste tanto? —Porque olvidé las horas y mi misión allí. —¿Pues qué hay allí? —Otra gloria. —¿Tal es? —¡Es un encanto! —Pues cuenta lo que has visto. —Pues… —¿Qué? —Que nada vi. —¿Nada en un día viste? —Razón para dar de ello cual mensajero vuestro, no; nada vi Señor. Me apercibí del clima primaveral, del bello país, mas no traspuse su límite exterior. —¿Por qué? —Porque a la entrada de la primer cañada, con una ligerísima gentil huertana di, y allí me estuve en pláticas sin ilación con ella, hasta que vi una estrella brillar… y me volví. —¿Tan bella era la rústica? —Sí lo es; mas no un portento. —¿Qué te hechizó? —Su acento y lo que hablar la oí. —¿De qué te habló? —De flores, de cuentos campesinos, de rústicas labores; pero lo habló tan bien, que oyendo aún estaría sus cuentos peregrinos: mas expiraba el día… y me volví al Edén. —Mas ¿tales son sus cuentos y sus palabras tales, que embebecen atentos y embelesar así allá en la tierra pueden a seres celestiales? —Jamás los supo iguales contar ninguna hurí.

Su voz es una música de mágica armonía, sus cuentos poesía de espíritu oriental; de cada cuento suyo la acción es un poema de perfección extrema, de corte original.

Timbrado está el acento con que ella los relata con vibración de plata y en notas de cristal; y el ritmo de su lánguida y extraña salmodía, encierra una armonía de encanto sin igual.

Sultana de las flores llamarla allá podrían; aquí la llamarían hermana las hurís; tomarla el paganismo podría bien por Flora, la noche por la aurora, por flor los colibrís.

...........................

Oyendo la del ángel poética pintura, absorto Aláh un momento quedó dentro de sí: y luego al ángel dijo: —De aquella criatura lo que me dices pruébame: lo que te dijo di.

Y el ángel, transmitiendo por gracia intuitiva como palabra viva su pensamiento a Dios, las frases terrenales que en su memoria toma en ritmos convirtiendo de su celeste idioma, cual perlas engarzando las fué una de otra en pos, y a Dios se las fué enviando en un vital fluído de ondulación sin ruido, y en humo de un aroma creado y absorbido a un tiempo por los dos

III

EL POEMA DE LAS FLORES

Para regalo del hombre en la tierra creó Alah estas cuatro cosas: las flores, los perfumes, los caballos y las mujeres. AL-KORÁN.

«Cuando a las flores destierra el invierno, y en la tierra al materno abrigo duermen del incienso son el germen que ella para Dios encierra.

Las silvestres, que abrileñas abren sus hojas pequeñas al sol, la lluvia y las brisas, son los guiños y sonrisas de los montes y las breñas.

Las que en la estación lozana primaveral la floresta cubren de gualda, oro y grana, son el vestido de fiesta con que el campo se engalana.

Las que en plena floración le dan tan sin par belleza, son la primera oblación que hace la Naturaleza al que hizo la creación.

Dios y el pueblo aman las flores; Dios las tiene en sus altares, y de aquél son los mejores atavíos y primores en sus fiestas populares.

Todos los humanos seres las aceptan con cariño en duelos como en placeres: las lleva a la tumba el niño y a los saraos las mujeres.

Amor de la luz del día, de las aves alegría, manto y joyas del vergel, dan al aire su ambrosía y a las abejas su miel.

Son del amor el lenguaje, de las bodas el mensaje, del matrimonio la prenda, de la gratitud la ofrenda, de la gloria el homenaje.

Quien no gusta de las flores ¿a qué tendrá aspiración? Quien no admira sus colores, ni se arroba en sus olores, ¿qué tendrá en el corazón?»

............................

Calló, y esperó el ángel el fallo del Señor; en el pensil edénico ni eco fugaz ni son; de Dios y el ángel todo quedóse en derredor reconcentrado y mudo y en muda espectación.

La voluntad del Único y Omnipotente Dios no se expresó con fórmula de frase, ni con voz: su voluntad recóndita al ángel transmitió, absorta comprendiéndola con Él la creación.

.............................

«Tan fiel adoradora, con tal leal fe en mí gentil floricultora, de genio tan sutil, en la labor tan diestra y en el trovar maestra es un criatura que no está bien allí.

La vida del espíritu no está en la tierra vil, la almée creyente y virgen morar merece aquí; ¡que todo esté en su atmósfera! la flor en el pensil, la estrella en el espacio y en el Edén la hurí.»

Apenas concebida la voluntad de Dios, segunda vez el ángel sus alas desplegó.

IV

La noche era serena, la luna ya en su ocaso, por la murciana huerta reposa todo en paz: ni una aura vagabunda las hojas mueve al paso, ni evoca el son más débil el eco más fugaz.

En su morada, exenta de pena ni cuidado, reposa la huertana con quien el ángel dió: no tiene padres: sola sus muertos la han dejado; crióse entre las flores, como botón cerrado de rosa en un capullo que el sol no calentó.

Un viejo de su tribu, de origen damasceno, quien empleó ochenta años en estudiar y en ver, entre cristianos y árabes tenido como bueno, y sabio en cuanto pueden los árabes saber,

la prohijó muy niña, se encariñó con ella; y como son extremos la infancia y la vejez, tocáronse y soldáronse: y por la misma huella de la vejez fué dócil marchando la niñez.

Los cuentos con que el viejo de niña la dormía, el germen que en su espíritu de la virtud sembró, la ciencia de las plantas que el viejo la infundía… por pájaros y flores su natural manía, la fe y la poesía que en su alma inoculó,

de aquella niña hicieron un ángel en la tierra, horticultora diestra después de la mujer; florista y ornitóloga se hizo ella por la sierra; fué el ídolo y encanto de cuanto Murcia encierra, y fueron con un alma los dos un solo ser.

María la llamaban los míseros cristianos cautivos: la llamaban los árabes Myriam; Murayma el sabio viejo: Gacela los ancianos: Sultana de las flores el pueblo y los huertanos, y hurí de sus jardines' Abú-al-Kaisí el sultán.

Aquella criatura, delicia de la gente, ligera como un silfo, como una hurí ideal, cual una almée atractiva, cual tórtola inocente, dormía con un sueño de calma virginal.

Dormía, mas soñaba: fantástico, halagüeño, más claro y perceptible que sueño natural era un sueño: que era visión más bien que sueño, y a un tiempo era fenómeno fantástico y real.

Soñaba que veía, a un tenue albor de aurora, un Genio que cantaba de su balcón al pie; y oía y comprendía de su canción sonora la música y la letra, sintiendo que oye y ve.

Soñaba que veía y oía la figura, la voz y las palabras de un ser y una canción; y el ser era el mancebo que halló por la espesura, y su cantar un ritmo de nunca oído son.

Su sueño, goce místico de fruición celeste, era un deliquio, un éxtasis de amor espiritual sin que su goce casto germine o manifieste un átomo bastardo de sensación carnal.

Y la visión, el ritmo, la idea de la frase de su cantar la infunden tan místico placer, como el que sentiría su alma si flotase de la materia suelta para cambiar de ser.

Del sueño aquel hipnótico la sugestión a solas la sujetaba al goce de ver y de escuchar; meciéndose en su sueño, como en sus mansas olas se mecen las gaviotas y pájaros del mar.

Y en fruición tan íntima, desconocida y grata, de sí sin darse cuenta, reconcentrada en sí, la sugestión recibe del sueño y serenata; cuyas estrofas rítmicas decían algo así:

porque en idioma humano sería en mí insensata de darla traducida mi pretensión aquí: mi ingenio aquí, impotente, la tradición relata informe y como puede: de daros sólo trata de la divina historia del árabe rawí la idea más conexa, y la ampliación más lata, lo más afín de ese algo que se me alcance a mí.

V

LA SERENATA

Almo ser, que pareces no concebido ni engendrado por obra de ser nacido, tú que en la tierra estás por un misterio que en ti se encierra;

blanca Hurí que al fugarse del cielo dijo: «voy a ser de los hombres el regocijo», torna tu vuelo, a levantar, y vente conmigo al cielo.

Ser celeste en la tierra mal hospedado, ¿con quién quieres en ella ser apareado, ni cómo quieres habitar con sus hombres y sus mujeres?

¿Qué hallarás en las zonas de este hemisferio que te dé nutrimento ni refrigerio: qué domicilio, qué ropaje, qué mueble, ni qué utensilio?

A ti que en luz te bañas, que de ambrosía y de néctar te nutres, que poesía y ámbar exhalas, y desplegar del ángel puedes las alas;

blanca, pues de azucenas te forjó mayo; rubia, porque te dora del sol un rayo; gallarda y bella con un arcángel, pura como una estrella,

de su luz da a tus ojos el sol reflejo, a tu cara la luna sirve de espejo, y las palomas en tu balcón te arrullan cuando te asomas.

Para verte en la tierra se abren las flores y Dios abre del cielo los miradores; y tus hermanas las hurís te echan besos tras sus persianas.

Hurí, que huyó del cielo porque Dios quiso que viera algo la tierra del Paraíso, torna tu vuelo a tender, o en mis alas vuélvete al cielo.

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En el deliquio extático del misterioso sueño absorta y arrobada, sentía que un poder ignoto, irresistible, se hacía de ella dueña y transformaba en otro su primitivo ser.

En las palabras últimas de aquella serenata Myriam irresistible mandato recibió: y a impulso del ignoto poder que la arrebata, volar por el vacío del aire azul creyó.

Soñando que volaba, lanzada se sentía por la región vacía que atravesando va. Soñaba que volaba y que Edén subía… y era verdad: el ángel se la llevaba ya.

VI

De la región empírea cuando llegó a la altura, dejó a Myriam el ángel delante del Señor: miróla Dios: y absorta sintió la criatura, sin miedo ni sonrojo, que la juzgaba Dios.

Dios vió que su alma virgen de tacha estaba pura, que no fermenta en ella de Adán la levadura, y en la mansión celeste lugar la señaló, dejándola en el pórtico de la edenial ventura en el lugar del ángel, a quien llevóse en pos.

La criatura humana tornóse en ser divino; su corporal materia se inmaterializó; y la feliz huertana que al Paraíso vino, de su cancel guardiana y en su pensil quedó.

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Y hay kábilas y tribus de las de Murcia oriundas hoy día vagabundas por Fez y por Tlemzém, que creen que no es el ángel sino la hurí murciana quien abrirá a sus almas las puertas del Edén.

«De Murcia al cielo», José Zorrilla, Madrid, mayo de 1888

Texto en dominio público, transcrito de la edición digitalizada en Wikisource.

tercer regalo

Los cuadros, en alta definición

Los cuadros que has visto por la casa son obra de nuestra hija Lourdes sobre rincones de Murcia. Aquí te dejamos los originales en alta definición, para que puedas verlos con todo el detalle del pincel y llevártelos de recuerdo si te apetece.

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Gracias por jugar

Gracias por haber visitado nuestra casa y por haberte tomado la molestia de recorrerla buscando números escondidos. Esperamos que este pequeño juego te haya hecho sonreír, y que te lleves de Murcia algo más que fotos: un poema del siglo XIX, unas calles que ya no existen y los cuadros de Lourdes.

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María Paz, Rodrigo y Lourdes

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